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Mejía y un equipo interdisciplinario de amigos, que incluye biólogos, antropólogos, fotógrafos, videastas, grabadores, y artistas de sonido, han venido trabajando en este proyecto por más de siete años.

Formada como artista plástica, Mejía ha estado interesada en el color, pero también en la función social del arte. Con esta motivación trabajó en la cárcel de mujeres de Medellín organizando talleres de tejido, en los cuales el acto repetitivo de tejer incentivaba la conversación, constituyéndose en un momento de catarsis. Mejía tejió una gran cantidad de fique en este trabajo con las internas, que fue guardando como catalizador de la experiencia de diálogo. Paralelamente realizaba viajes al Amazonas sin mayor intención que conocer esta última frontera de la civilización. En uno de sus viajes encontró una mujer que estaba tiñendo de manera artesanal unas fibras naturales, y pensó que el fique tejido que tenía como producto de los talleres en la cárcel podía ser tinturado con estos pigmentos. Pero el saber tradicional se ha ido perdiendo, pues aún en estas zonas remotas llegan todo tipo de prendas industriales y es más fácil comprar ropa hecha o adquirir tintes químicos baratos que extraer los pigmentos de las plantas. Mejía ha ido recuperando y documentando este saber a través de muchos años de trabajo con la comunidad. Parte del largo proceso consistió en identificar cuales eran las plantas más usadas en la Amazonia. Escogieron once especies en las cuales concentraron su esfuerzo etnobotánico: Chontaduro, Bure, Huito, Huitillo, Achiote, Amacizo, Palo Brasil, Cudi, Chokanary y Llorón. Incluyeron una planta no nativa, pero que se encuentra en muchas de las areas visitadas: la Cúrcuma, originaria de Asia. La siguiente etapa del proceso consistió en reproducir las plantas en un terreno cerca a Leticia, Amazonas, hasta tener un pequeño plantío de cada especie. Este proceso lo repitieron más tarde y con gran dificultad en Medellín hasta que lograron aclimatar las plantas. Los colores provienen en cada caso de una parte diferente de la planta: hojas, corteza, raíces, semillas, cáscara del fruto. Cada una requiere de una técnica diferente de extracción, y se usa de manera muy distinta como tintura.

Para la exposición en FLORA, decidimos mostrar diversas fases del proceso: los herbarios, amorosamente realizados por Clemencia Villa, madre de la artista, en colaboración con el antropólogo Jairo Upegui, están dispuestos en planotecas, acompañados de papeles impregnados con el pigmento para que el público pueda establecer la relación entre planta y el color que produce. Una serie de once monotipos realizados por Ángela María Restrepo a partir de la impresión por contacto de cada planta, muestran la estructura formal de las hojas y tallos. Un muro de papeles teñidos con dos de las plantas muestra la variedad de tonos que da un mismo pigmento (escogimos el verde, por ser un color que no se adhiere con facilidad al fique).

Cubrimos un gran muro con las madejas de fique antes mencionadas, creando una amplia paleta de materia y color, que permite apreciarlos en toda su belleza. Mejía, sin embargo, no reivindica este trabajo como arte, ni considera lo acá presentado como su obra o como una instalación; se trata de dar visibilidad a la experiencia, y la carga estetica es un subproducto inevitable. La exposición está acompañada por un video, realizado por Esteban Uribe, que muestra el proceso de extracción de los tintes en la Amazonia, y una pieza sonora, concebida por Nicolás Wills, quien mezcló distintos sonidos de selva. Esta última está presentada en el Archivo audible, espacio en FLORA especialmente adecuado para que público pueda tener una experiencia adecuada del arte sonoro.

Mejía y su equipo concibieron un libro, editado por Mesa editores, que narra la experiencia, con textos de diferentes escritores que le dan contexto a este trabajo. El libro está ilustrado con fotografías de Jorge Montoya y Carlos Tobón.

© Color Amazonia / 2013